
¿Por qué te uso de parámetro para medir?



Esto de perder y de ganar. Esto de andar corriendo detrás de mí mismo sin entender cuál es el objetivo, cuál es el juego.
Sin entender las reglas. ¡Las reglas, tan necesarias! Las reglas, tan bruscas. Las reglas, tan impuestas y tan mías. Tan de siempre y nunca sirven. Nunca están y permanecen constantes en las escaleras. ¿Qué escaleras?
Las reglas. Siempre jugando conmigo; yo y yo mismo. Siempre las reglas y nunca las excepciones.
El juego, siempre tan brutal, tan honesto y lleno de mentiras. Y mi honestidad es mentira cuando las comparo con las verdades que decía antes. Hoy no soy el mismo y hoy busco la diferencia para poder decir que cambié. Transmute, perdí, cambié, me cansé de ganar cuando perdía y me cansé de perder cuando perdía. Siempre mutando, nunca igual.
Las reglas, tan sencillas.
Las reglas, tan ilusas conmigo, tan condescendientes con los demás. Las reglas tan brutales, de nuevo.
El juego y las reglas. Las reglas y el juego. Las excepciones y el juego. Yo mismo y las reglas, las canciones que acompañan cada momento de mi vida. Una sintonía distinta, un cambio. Trasnmutación. Mutilación. Cambio. Estereotipo. Sinceridad y mentira. Las reglas y las mentiras.
La verdad y los besos. ¿O los besos y la verdad? Sirve más un abrazo, una caricia y una mentira, un vaso de agua en conjunto y una copa de vino para después.
La excepción cambió, y la regla tuvo que cambiar y redefinirse.
Sí, siempre así.
Tal vez me emociono bastante; tengo esa particular forma de ver la vida, esa sonrisa que siempre trata de ir más allá. Y siempre tengo la misma respuesta a diferentes preguntas que, en realidad, no hacen más que intentar solucionar una duda que tengo.
Tengo las manos frías de tanto caminar buscando la sencillez, la simpleza de eso que no sé qué es. Y ahora acá. Sentado frente a la pantalla, esperando, intentado. Siempre intentando y no me canso; esto es sobrenatural.
Nunca creí que existía la posibilidad de dedicar tantas horas en sentir algo que esperaba no sentir; nunca esperé, realmente, tantas desdichas dadas simples y concretas. Y ahora imagino, y predigo cosas sin sentido, ridículas.
Ni los libros ni la música. Ni la música ni tu voz, que no escucho. Digamos y, dicho sea de paso, volvamos a la redundancia de entender las cosas que me pasan.
Ahora tengo ganas de hablar, y no hago más que escribir para mí mismo. Mañana me despierto y tengo la misma sensación. Hoy no tengo ganas de salir, y me obligan.
Ni la música ni los libros; ni las letras. Nada está de más, y siento que sobra todo.
¿Por qué siento que debería entender mis sentimientos? No quiero seguir imaginando ahora, prefiero la realidad.
- No es justo esto.
- No. ¿quién dijo que iba a ser así?
- No es justo.
- Repito.
- Ahora. No es justo, no tenés derecho.
- ¿Por qué?
- Porqu…
- ¿Por estar borracho? ¿Por decirte la verdad? ¿Por darme cuenta ahora de que quiero esto? No entiendo.
- ¿Vos no entendés? Y yo tengo que saberlo todo.
- No entiendo tu explicación, tu definición de justicia no me cabe.
- Sos un imbécil.
- Sí.
- Sos un forro.
- Sí.
- Sos una mierda de persona. Ahora, ¿por qué?
- Porque el amor no entiende de tiempos oportunos.
Me miraste con ojos cansados, tanto o más que los míos. Te estiraste y miraste por la ventana y abriste la boca y dijiste:
-No. Lo debiste notar desde anoche. Y no, son dos días. – Lo dije riendo, y fue una emoción sincera.
- No tengo ganas de lo mismo, siempre.
- ¿De qué? - Sabías muy bien de que hablaba y aún así lo preguntabas. ¡Que desfachates!