martes, 9 de noviembre de 2010

A pasos de una puerta; en un baño de boliche; en una cocina.

- No es justo esto.

- No. ¿quién dijo que iba a ser así?

- No es justo.

- Repito.

- Ahora. No es justo, no tenés derecho.

- ¿Por qué?

- Porqu…

- ¿Por estar borracho? ¿Por decirte la verdad? ¿Por darme cuenta ahora de que quiero esto? No entiendo.

- ¿Vos no entendés? Y yo tengo que saberlo todo.

- No entiendo tu explicación, tu definición de justicia no me cabe.

- Sos un imbécil.

- Sí.

- Sos un forro.

- Sí.

- Sos una mierda de persona. Ahora, ¿por qué?

- Porque el amor no entiende de tiempos oportunos.

martes, 17 de agosto de 2010

RECUENTO, MIRADAS Y BOTELLAS VACÍAS DE AMOR [Mañana fría]

Abrí los ojos.

Me tomó tiempo desperezarme, sin moverme demasiado. Estiré de a poco los brazos y me desembaracé del sueño que quedaba. Eran las 8.05 y no tenía ganas de salir de la cama. Quería seguir cubierto por las sábanas, por las frazadas y por tu cuerpo.

No me moví mucho, y me pude acercar un poco a la ventana; estaba empañada, hacía frío. El conductor del noticiero nocturno tenía razón cuando anunció que hoy iba a venir una ola de frío polar. No pensé en atiborrarme de ropa, medias y bufandas; te tenía a vos y era suficiente.

Cuando me levanté, porque logré hacerlo y sin molestarte, me percaté del frío. Agarré el primer par de jeans que vi en el piso y la primer camisa y bajé rápido las escaleras para poder entrar en calor, porque tengo esa manía de subir y bajar las escaleras así; nunca lo voy a saber, y no es relevante ninguna de mis psicopatías.

Baño. Cocina. Baño de nuevo, no me había mirado en el espejo, y era menester conocer mi cara a esas horas matutinas. El resultado fue el esperado: los ojos cansados y el pelo revuelto. Me despejé el sueño que quedaba de rezago con agua fría, a pesar de sufrir por cada centímetro de mis huesos la temperatura casi bajo cero que había en ese momento. Revolví más mi cabeza. ¿Será que quise completar bien la escena y creerme vivir en alguna película yanqui?

Cocina, otra vez. Estaba feliz, empecé a cantar. Estaba feliz, de nuevo. Es increíble como una sola noche puede generar tanto en una persona; como una sola noche diferente a las demás puede ser tan igual a lo que soñábamos hace tiempo y no nos permitíamos reconocer.

Café, bien cargado y sin azúcar. ¿El tuyo? Café suave y con tres cucharadas de azúcar, a menos que en dos años hubieras cambiado tus gustos dulces, esperaba cumplir con el cometido.

Recogí el diario que acababa de llegar bajo la puerta y me dispuse a subir las escaleras. Esta vez sin correr frenéticamente por miedo a ser alcanzado por algún ánima suelta y sin destino en el purgatorio – descripción casi perfecta de mi miedo a caminar lentamente por las escaleras – porque me iba a tropezar y no quería manchar tu camisa con café. Era tu camisa, era tu camisa. Entre el frío, el sueño y la oscuridad no pude diferenciar bien qué agarraba y ese fue el resultado.

Llegué a la puerta y seguías igual, en la misma posición. Mi primera actividad fue dejar las tazas sobre el escritorio, tenía que sacarme el pantalón de jean; la escena tenía que estar completa, no podía no escuchar mi llamativa afección por los momentos hollywoodenses. “¿Por qué tenías puesta una camisa a cuadros?” Caí en ese momento y me lo pregunté por unos momentos mientras seguía revolviendo más mis pelos. Tomé las tazas y me tiré, literalmente, en la cama. Sorpresa: el café no se derramó. “¡Vamos! ¡El azar está de mi lado esta mañana!”

“¿No tendrías que ir a trabajar? ¿No tenías algún compromiso? ¿Por qué seguís durmiendo en mi cama cuando me prometí no volver a tocarte?” Fueron los pensamientos que cruzaron mi mente a esas horas de la mañana. Se cruzaban varias ideas; entre ellas dejarte ahí, mirarte un rato y despertarte para compartir un pseudo desayuno juntos; o despertarte violentamente y sacarte a patadas por la puerta de mi casa. Es obvio, opté por la primera opción.

Te desperté. Despacio primero y ante la negativa de tu cuerpo a entender que ya era hora de dejar los sueños por ahora, porque así lo había exigido e impuesto yo, pasé a mover tus hombros con mi mano izquierda un poco más violentamente.

Me miraste con ojos cansados, tanto o más que los míos. Te estiraste y miraste por la ventana y abriste la boca y dijiste:

-Hace frío. Mucho frío. – Yo miraba tus brazos y tu cuello; siempre me gustó tu cuello.

No objeté palabra, hacía frío. Te miré de nuevo rápidamente, sin que lo notaras, pues seguías contemplando la ventana empañada. Te ofrecí café, lo aceptaste y de nuevo, sin decir nada.

No pensaba en nada en el preciso momento en el que di el primer sorbo. Simplemente estaba extasiado de haber revuelto mi cerebro con tantas ideas ridículas, con tantas verdades, con tantas mentiras que podían llegar a ser verdades.

De la nada, un beso en la mejilla.

Te miré y sonreías. Sonrisa de niño que acaba de cometer una picardía. Me descolocaste, y no hubo silencio, de nuevo rompiste el supuesto hielo impuesto por la vergüenza de hacer alguna alusión a lo que había pasado la noche anterior, obviamente ridiculez producto de mis enrosques mentales.

-Ya no tenés esa manía permanente de afeitarte todas las mañanas. ¿Tres días tiene esa barba? – Fue una observación que no me detuve a pensar y a analizar detenidamente. La situación era extraña de por sí.

-No. Lo debiste notar desde anoche. Y no, son dos días. – Lo dije riendo, y fue una emoción sincera.

domingo, 8 de agosto de 2010

Dichos

- No tengo ganas de lo mismo, siempre.

- ¿De qué? - Sabías muy bien de que hablaba y aún así lo preguntabas. ¡Que desfachates!


- Lo mismo.


- ¿Te pensás que soy pelotudo? - Tiempo después entendería la violencia en tus palabras, no podía saberlo.


- ¿Por qué lo decís? ¿Por qué esta reacción?


- Estoy cansado de ser la excusa, la salida de tus enrosques.


- ¿A qué viene esto?


- Justamente... - dejaste la mirada perdida en mí y por un momento no entendí por qué no reaccionaste instantáneamente; lo comprendí después - a esto. - Y silenciaste tu boca y me callaste.

jueves, 5 de agosto de 2010

Try

All I know
Is everything is not as it's sold
but the more I grow the less I know
And I have lived so many lives
Though I'm not old
And the more I see, the less I grow
The fewer the seeds the more I sow

Then I see you standing there
Wanting more from me
And all I can do is try

I wish I hadn't seen all of the realness
And all the real people are really not real at all
The more I learn, the more I learn
The more I cry, the more I cry
As I say goodbye to the way of life
I thought I had designed for me

All of the moments that already passed
We'll try to go back and make them last

All of the things we want each other to be
We never will be
And that's wonderful, and that's life

miércoles, 28 de julio de 2010

RECUENTO, MIRADAS Y BOTELLAS VACÍAS DE AMOR [1]


[...] Tus ojos café, siempre tan limpios en mirada, como si pudieses cambiarles la tonalidad a gusto, siempre los miré y me parecieron diferentes; eras vos el que de alguna extraña forma había logrado plasmar el cambio de personalidad en esos ojos profundos. Siempre te admiré, era un halago para mi verte de cerca, tan bien con vos mismo y a la vez librando una batalla de prestigio y soberbia, siempre mirándome de cerca, sintiendo cada pulgada de mi con tus pestañas para no lastimar tu retina. No es alevosía hacer uso de tu belleza para explicar, si es que se puede, cómo me sentía cada vez que lograba descubrir tu mirada por entre las sábanas; no te cubrían, eras vos el que se veía protagonista de ellas y cada vez que te miraba, ellas eran una mancha blanca dentro de un cuadro café.

-Al final, ¿decidiste tatuarte? – y te miré con la copa entre mis ojos y entendiste mi negativa – No soy muy adepto a ese tipo de arte corporal, pero… a vos te queda muy bien. – Sin maña ni vergüenza te dije:

-Desistí. Era algo que en ese momento me hubiera gustado hacer, pero a la larga me iba a arrepentir y no quería tener que pagar después para que algún médico me quemara la piel con láser. – y tus ojos se abrieron y marcaste una sonrisa compinche con tus labios. Decidí cambiar de tema, sino me iba a lanzar al abismo de mis deseos reprimidos, y no lo había planeado; preferí quedarme quieto y controlar mis emociones. - ¿Te gusta el vino? Lo compré hace un par de días, pero no pensé que lo íbamos a estar tomando vos y yo justamente. – lancé una carcajada cómplice, en respuesta a tu mueca afectuosa/siniestra que todavía no se borraba de tu rostro.

-Es rico, siempre me gustó esta variedad. Es más, debés saberlo muy bien; vos me pegaste esta afección perversa por los vinos. – a medida que ibas a hablando lograbas soltar de nuevo esa mueca siniestra mezclada con afecto que me vuelve loco. Yo, un duque; quieto en su lugar, enjaulado por las decisiones que tomé hace dos años.

- Sí, es rico. – y no dije nada más, no quería hablarte. ¿Por qué dije que no estaba ocupado esta noche? ¿Por qué acepté que te invitaras a mi casa? ¿Tan vil sos que decidiste justo hoy, a dos añós de habernos separado, llamarme? Estas preguntas tenían respuestas, sólo que no pude encontrarlas en su momento.

El silencio era necesario.

Pasamos casi 10 minutos tomando vino, prendiste un cigarrillo y me ofreciste uno y no lo acepté; me paré a buscar los míos que habías dejado arriba de la mesa. Me levanté, tuve que acercarme a la mesa, a vos. Que se lea la verdad: me seguías atrayendo, te sentía como un imán y yo, el pobre pedazo de hierro que no podía negarse; y costaba, mucho. Volví a mi asiento y prendí mi pucho.

El silencio era agotador, llegaba a ensordecerme. Hasta que abriste la boca y comprobaste lo que pensaba: no eras cruel, sencillamente eras un boludo que todavía no podía sacarme de su cabeza. [...]

domingo, 18 de julio de 2010


No es correr porque querés entender; estás caminando lentamente y disfrutás de cada charco de agua que te salpica y te moja los pies cuando te movés. Cada palabra transformada en idea que recorre tu cabeza te trae paz; eso no tiene valor.

No vas tildando quehaceres en tu lista de “interminables”; ya no hay estructuras que te limiten. Las pocas que quedaban persisten sólo por tu inocencia de querer seguir siendo lo que eras. El ogro de tu desdicha no existe, lo inventás; tu desdicha ya no es desdicha, tiene mala fama ya y eso lo desdibujaste hace tiempo.

Desdibujaste el interior de lo que eras en pos de un tratamiento sutil y extenuante de tus ideas principales y tu moral. Ahora quedás solo con vos mismo, te mirás al espejo y te gusta lo que ves. Lo lograste, revolucionaste tus interiores, cambiaste tus cimientos y los corriste, pero te llevaste las principales vigas de tu entender porque eso es lo que te mantiene con interés en seguir transmitiendo ideas en diálogos perfectos con tu “yo” interno.

domingo, 11 de julio de 2010

El amor: un ejercicio en decir mentiras

I

No podés explicar bien las cosas porque ni vos mismo las comprendés en su totalidad; idiotez pura y perfecta. No tenés excusas porque no querés, ni trabas a la hora de actuar por tus propios medios cuando querés algo que no esperabas.

La razón crece, se engloba en sí misma y ahora, nada. Todo queda tirado porque resignaste tu libertad sólo por un par de besos.

La idiotez de seguir creyendo en que vas a ser el primero en darte cuenta es una ilusión tan poco clara. “No te va a venir a buscar y vos no sos mejor que lo que esperás.”

II

Esperaste y nada sucedió. Ahora tenés sólo una premisa adentro tuyo y una duda que no crece ni madura, simplemente se queda trabada, dentro de tus propias limitaciones.

Te abren la puerta y entrás, sacudís el polvo de amores anteriores; secás tus penas con alcohol; así las cosas funcionaron. La felicidad es una locura, digna de una historia de razón.

Te abren la puerta y entrás, decidido a cambiar el color de las paredes de lo que sos y nada. Sencillamente no es complejo, es pura sutileza metida dentro de un frasco tibio, seco y lleno de sorpresas que no querés encontrarte en el camino.

III

Una carta no reemplaza a la voz desdeñada de vergüenza, porque tus indirectas no las recibe nadie, mucho menos el objeto de tus preguntas. Hoy sos un boludo, gracioso y divertido que la pasa bien. Y mañana vas a ser lo mismo.

Una ventana de vidrio líquido con emociones amarillas no sirve para decir “me gustás”. Es simple, pero difícil darse tiempo y lugar para abrir a los demás tu “yo interno”. ¿Lo más fácil? Quedarte callado, seguir la corriente y esperar el momento debido para decir esas dos putas palabras y quedarte tranquilo; la impunidad del silencio no es de todos, es tuya y de nadie más. El silencio no es tranquilo, y tu pecho ya tiene demasiadas cosas adentro como para seguir acumulando.

Seamos sinceros y liberemos de espacio a nuestros adentros; digamos “me gustas” y no jodamos más.